Enter your keyword

martes, 26 de abril de 2016

Retrato en familia de Caupolicán Ovalles




Xenón de los Palotes


Caupolicán Ovalles representa el prototipo del escritor vivalapepa, cuya progenie hace mengua dentro de lo cabe concebir como la vividera de la pepa dentro de la Revolución Bolivariana. Discípulos suyos, en este arte de la adulancia y las medias tintas, son William Osuna, Henrique Hernández D´Jesús, Luis Albertos Crespo y otros desvaídos poetas quienes han sabido captar y ocupar, no sin arte, maña y trácala, altos puestos de la cultura institucional, es decir, las prebendas cedidas por los distintos petrogobiernos, tanto de la cuarta como de la quinta, dada la condición de estos poetas bribones, tragadores y bebedores infatuados que no han tenido nunca paz con la miseria. 
Y es que a esta estirpe de insaciables egos encumbrados por las élites gobernantes de ayer y de hoy, lo que le importa es la bicoca de las pesetas, el cargo logrado con afán rastrero, el homenaje cocinado entre amiguetes del mismo gang, los premios sin valor ni honestidad y todo aquello que pueda ser consumido, apropiado y puteado en nombre de la poesía, la humanidad, y, no les quepa duda, el socialismo.

Con sujetos como estos no hay revolución que pueda triunfar ni mucho menos principios que puedan fundamentarla. Sus misiones de vida consisten en ser lo más agradables que puedan ser a los personeros del poder; ser y no ser ellos mismos y amoldarse a los requerimientos discursivos de sus respectivos padrinos.

Son diestros del halago llevado a cabo a la hora adecuada (para ellos) y con la palabra adecuada a sus personales objetivos. Como lo es el caso de Luis Alberto Crespo, quien, por el solo hecho de decirle a Chavéz que él era mejor poeta del país, le valió a cambio un caballo y una embajada en Francia. Otro tanto corre a cuenta de William Osuna, escribidor de oraciones, rezos y otros fariseísmos de la palabra, que últimamente no le han dejado buenos resultados, teniendo en cuenta que ha sido condenado por ese otro grupo de ideólogos que integran la Conferencia Episcopal.

Pecado de idolatría, han sentenciado los santones de la Iglesia. Lo cual, nos remite al adorado Becerro de Oro del Antiguo Testamento, por el cual, los hombres fueron tan capaces de negociar al mismísimo Jehová. 

Fieles a sus antecedentes, estos intelectuales “revo” que andan en camionetongos, acompañados de escoltas, han decidido realizar una vez más otro homenaje al padre vividor que fundó La República del Este, junto a una claque de descorazonados irredentos de la revolución, siempre que las ganancias sean de su exclusivo peculio.

Se dice por los corrillos de las letras nacionales, que la familia Wollmer, dueños del ron Santa Teresa, han enviado varias cajas de ron a la Casa Nacional de las Letras para festejar tan encomiable homenaje al mundo de las ratas.

Allí estarán el ridículo Comandante Papote, alias Andrés Aguilar, con su voz engolada y sus poses de poetastro extraído del Callejón La Puñalada; el inútil e inefable burócrata Andrés Mejía; el pantagruélico Miguel Márquez, insigne devastador de polvos, instituciones y nóminas y el mismo Osuna posando delante de una gigantografía que mandó colocar en la Casa Nacional de Las Letras, en donde aparece el hijo del barrio El Cementerio, acompañado por la rata mayor, El Caupo, y por el autor de Mi Padre El Inmigrante, Vicente Gerbasi. Adecos y pseudorojos revueltos en un mismo plato; el de una revolución preñada de adecos y pseudorojos atragantados cual lombrices de tierra.  

¿Qué revolución puede salir airosa con semejantes comegenes en su seno, encargados de representar los “más prístinos ideales” del socialismo en el que nunca creyeron, ni creerán, a no ser porque tal discurso (mentido) les sirve para pintar de azul los mojones que muchos se comen con candor e inocencia inducida. O sea, hecho los paisas. Y por pura conveniencia.

El homenaje, además de ser un requisito laboral dictaminado por el Ministerio de la Cultura, para que estos vagos justifiquen que sí trabajan, delata la ausencia de ideas, creatividad y convicciones que caracteriza a esta tropilla de intelectuales acomodaticios  e inorgánicos, quienes, fatalmente, se apoderaron de la revolución cultural y la recortaron y la secuestraron de acuerdo con sus mezquinos y mediocres propósitos: arrimar la mayor cantidad de agua posible a sus respectivos molinos. Billete sobre billete, premio sobre premio, viaje sobre viaje, y una larga y dañada saga que el vendaval de la historia se encargará de desmantelar por completo, a Dios gracias.

Mientras tanto, raspan ollas, comen rápido, no sea que se acabe el festín antes de lo esperado. Y organizan recitales a los que nadie, o casi nadie, asiste, aún en la esquina de Gradillas, donde se supone que cuentan con un público cautivo. Y algo más, esperan pacientemente que esta vaina de revolución termine para pasar de un solo salto a cualquier otro gobierno de transición, el que sea, pero que les permita continuar royendo, royendo y royendo la cosa pública, eso sí, todo en nombre de las musas, la belleza y la poesía. La poesía, la verraca poesía.      

A este respecto, sostiene José Sant Roz: “Es por lo que un grupo de intelectuales para evitar asumir responsabilidades con su obra y con el país fundará un club llamado República del Este. Este club comprenderá (…) un sector de bares de Sabana Grande, donde se consumirá licor sin control ni medida, pagado por ministros banqueros como Pedro Tinoco.”

Amigo de CAP, parásito chupa huesos del extinto amo de funerarias, empresas aseguradoras y cementerios, Elías Vallés. Es sabido que El Caupo jodió de lo lindo, siempre bien aliñado, en compañía de este mecenas rechoncho y forrado de dineros proporcionados por la indetenible industria de los muertos que no cesaban de ingresar a la Funeraria Vallés. Sus amiguitos, entre ellos un personajito del arte que se hacía llamar El Príncipe Negro (como alusión al petróleo); en son de burla, lo llamaban Elías Mebebes, en lugar del Elías Mecenas que todos ellos, incluidos el Osuna y El Catire, bajaban de la mula en medio de las risotadas y los malos chistes que nos dan una idea de la pasión social que demostraban, en plena cuarta república, estos especímenes sacados de la picaresca de todos los tiempos. Pasión por el boche y el arrime, por la doble cara y la doble moral. Que si no sirve para hacer revoluciones, hace las veces de efecto placebo, entre quienes gustan de dormirse arrullados por el canto de semejantes sirenas destripadoras de banquetes.

¿Con cuál ardid engatusarán a los jóvenes, a los incautos y a los celestinos, que hacen vida en esta revolución preñada de los peores adecos, los adecos rojos, los adecos chavistas?

Homenaje a uno de nuestros más destacados vivalapepas. Histrión, patán y arrogante conferencista a quien nadie podía seguirle el hilo de nada porque estaba poseído por la incongruencia radical. Sus chácharas en público solían ser la mar de incoherencias, haciendo  gala de una piratería ramplona, así como lo han ratificado sus ilustres vástagos. Quienes se reunirán una vez más en La Casa Nacional de las Letras para beber el ron Santa Teresa, festejar la poesía verraca y burlarse una vez más del país, la revolución y los venezolanos.

Bien lejos con estos chiguires…         

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Popular