Xenón de los Palotes
Caupolicán Ovalles representa el
prototipo del escritor vivalapepa, cuya progenie hace mengua dentro de lo cabe
concebir como la vividera de la pepa dentro de la Revolución Bolivariana.
Discípulos suyos, en este arte de la adulancia y las medias tintas, son William
Osuna, Henrique Hernández D´Jesús, Luis Albertos Crespo y otros desvaídos
poetas quienes han sabido captar y ocupar, no sin arte, maña y trácala, altos puestos
de la cultura institucional, es decir, las prebendas cedidas por los distintos
petrogobiernos, tanto de la cuarta como de la quinta, dada la condición de
estos poetas bribones, tragadores y bebedores infatuados que no han tenido
nunca paz con la miseria.
Y es que a esta estirpe de insaciables
egos encumbrados por las élites gobernantes de ayer y de hoy, lo que le importa
es la bicoca de las pesetas, el cargo logrado con afán rastrero, el homenaje
cocinado entre amiguetes del mismo gang, los premios sin valor ni honestidad y
todo aquello que pueda ser consumido, apropiado y puteado en nombre de la
poesía, la humanidad, y, no les quepa duda, el socialismo.
Con sujetos como estos no hay
revolución que pueda triunfar ni mucho menos principios que puedan
fundamentarla. Sus misiones de vida consisten en ser lo más agradables que
puedan ser a los personeros del poder; ser y no ser ellos mismos y amoldarse a
los requerimientos discursivos de sus respectivos padrinos.
Son diestros del halago llevado a cabo
a la hora adecuada (para ellos) y con la palabra adecuada a sus personales
objetivos. Como lo es el caso de Luis Alberto Crespo, quien, por el solo hecho
de decirle a Chavéz que él era mejor poeta del país, le valió a cambio un
caballo y una embajada en Francia. Otro tanto corre a cuenta de William Osuna,
escribidor de oraciones, rezos y otros fariseísmos de la palabra, que
últimamente no le han dejado buenos resultados, teniendo en cuenta que ha sido
condenado por ese otro grupo de ideólogos que integran la Conferencia
Episcopal.
Pecado de idolatría, han sentenciado
los santones de la Iglesia. Lo cual, nos remite al adorado Becerro de Oro del
Antiguo Testamento, por el cual, los hombres fueron tan capaces de negociar al
mismísimo Jehová.
Fieles a sus antecedentes, estos
intelectuales “revo” que andan en camionetongos, acompañados de escoltas, han
decidido realizar una vez más otro homenaje al padre vividor que fundó La
República del Este, junto a una claque de descorazonados irredentos de la
revolución, siempre que las ganancias sean de su exclusivo peculio.
Se dice por los corrillos de las letras
nacionales, que la familia Wollmer, dueños del ron Santa Teresa, han enviado
varias cajas de ron a la Casa Nacional de las Letras para festejar tan
encomiable homenaje al mundo de las ratas.
Allí estarán el ridículo Comandante
Papote, alias Andrés Aguilar, con su voz engolada y sus poses de poetastro extraído
del Callejón La Puñalada; el inútil e inefable burócrata Andrés Mejía; el
pantagruélico Miguel Márquez, insigne devastador de polvos, instituciones y
nóminas y el mismo Osuna posando delante de una gigantografía que mandó colocar
en la Casa Nacional de Las Letras, en donde aparece el hijo del barrio El Cementerio,
acompañado por la rata mayor, El Caupo, y por el autor de Mi Padre El Inmigrante, Vicente Gerbasi. Adecos y pseudorojos
revueltos en un mismo plato; el de una revolución preñada de adecos y
pseudorojos atragantados cual lombrices de tierra.
¿Qué revolución puede salir airosa con
semejantes comegenes en su seno, encargados de representar los “más prístinos
ideales” del socialismo en el que nunca creyeron, ni creerán, a no ser porque
tal discurso (mentido) les sirve para pintar de azul los mojones que muchos se
comen con candor e inocencia inducida. O sea, hecho los paisas. Y por pura
conveniencia.
El homenaje, además de ser un requisito
laboral dictaminado por el Ministerio de la Cultura, para que estos vagos
justifiquen que sí trabajan, delata la ausencia de ideas, creatividad y
convicciones que caracteriza a esta tropilla de intelectuales acomodaticios e inorgánicos, quienes, fatalmente, se
apoderaron de la revolución cultural y la recortaron y la secuestraron de
acuerdo con sus mezquinos y mediocres propósitos: arrimar la mayor cantidad de
agua posible a sus respectivos molinos. Billete sobre billete, premio sobre
premio, viaje sobre viaje, y una larga y dañada saga que el vendaval de la
historia se encargará de desmantelar por completo, a Dios gracias.
Mientras tanto, raspan ollas, comen
rápido, no sea que se acabe el festín antes de lo esperado. Y organizan
recitales a los que nadie, o casi nadie, asiste, aún en la esquina de
Gradillas, donde se supone que cuentan con un público cautivo. Y algo más,
esperan pacientemente que esta vaina de revolución termine para pasar de un
solo salto a cualquier otro gobierno de transición, el que sea, pero que les
permita continuar royendo, royendo y royendo la cosa pública, eso sí, todo en
nombre de las musas, la belleza y la poesía. La poesía, la verraca poesía.
A este respecto, sostiene José Sant
Roz: “Es por lo que un grupo de intelectuales para evitar
asumir responsabilidades con su obra y con el país fundará un club llamado
República del Este. Este club comprenderá (…) un sector de bares de Sabana
Grande, donde se consumirá licor sin control ni medida, pagado por ministros
banqueros como Pedro Tinoco.”
Amigo de CAP, parásito chupa huesos del
extinto amo de funerarias, empresas aseguradoras y cementerios, Elías Vallés. Es
sabido que El Caupo jodió de lo lindo, siempre bien aliñado, en compañía de
este mecenas rechoncho y forrado de dineros proporcionados por la indetenible
industria de los muertos que no cesaban de ingresar a la Funeraria Vallés. Sus
amiguitos, entre ellos un personajito del arte que se hacía llamar El Príncipe
Negro (como alusión al petróleo); en son de burla, lo llamaban Elías Mebebes,
en lugar del Elías Mecenas que todos ellos, incluidos el Osuna y El Catire,
bajaban de la mula en medio de las risotadas y los malos chistes que nos dan
una idea de la pasión social que demostraban, en plena cuarta república, estos
especímenes sacados de la picaresca de todos los tiempos. Pasión por el boche y
el arrime, por la doble cara y la doble moral. Que si no sirve para hacer
revoluciones, hace las veces de efecto placebo, entre quienes gustan de
dormirse arrullados por el canto de semejantes sirenas destripadoras de
banquetes.
¿Con cuál ardid engatusarán a los
jóvenes, a los incautos y a los celestinos, que hacen vida en esta revolución
preñada de los peores adecos, los adecos rojos, los adecos chavistas?
Homenaje a uno de nuestros más destacados
vivalapepas. Histrión, patán y arrogante conferencista a quien nadie podía
seguirle el hilo de nada porque estaba poseído por la incongruencia radical.
Sus chácharas en público solían ser la mar de incoherencias, haciendo gala de una piratería ramplona, así como lo
han ratificado sus ilustres vástagos. Quienes se reunirán una vez más en La Casa
Nacional de las Letras para beber el ron Santa Teresa, festejar la poesía
verraca y burlarse una vez más del país, la revolución y los venezolanos.
Bien lejos con estos chiguires…


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