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domingo, 1 de mayo de 2016

Yo si soy homofóbico

By On 9:47
   Héctor Seijas


No lo puedo evitar. Esto no significa que no tenga amigos y amigas homosexuales, pero buenas personas. Dignas, buenos amigos y amigas. En cambio, existe una crápula colectiva formada por transformistas, lesbianas y afines, verdaderamente despreciables. A estos uno puede verlos en la avenida Libertador, cometiendo toda clase de fechorías. En Sabana Grande, en cualquier sitio de la ciudad donde la maldad tenga sitio: oficinas, barrios, playas y autopistas.
Son, la mayoría, gente malvada con extremas patologías. Y lo peor de todo es que, agremiados en la igualdad de géneros, actúan como auténticas mafias y ejecutan desmanes, amparados en la fórmula de la cayapa. Pues, por regla general, la mayoría son sumamente cobardes y traicioneros y traicioneras. Es el bagazo, el esperpento: deshecho entre desechos, heredados de una cuarta república que siempre tuvo los cables cambiados. La psiquis revuelta y la mierda como símbolo.
Rómulo Betancourt, Gonzalo Barrios, Henry Ramos Allup, todos perversos y pervertidos. Sin descontar la Iglesia donde la mierda es objeto de adoración perpetua y donde los niños son los primeros sacrificados.
Yo me pregunto cómo es posible que por el solo hecho de ser homosexual sea uno revolucionario, al punto que, dentro de la fraseología revolucionaria, figura la categoría de lesbianas militantes. ¿Qué mérito hay en copular por la vía angosta o en hacer tijeretas para terminar introduciéndose un pene de goma?
En el fondo se trata, repito, de complejas e irresolubles patologías. Marañas psicológicas, dignas de ser tomadas en cuenta por la psiquiatría política. Intersexuales como Juan Barreto, sumamente maléficos, dañinos y dispensadores de la cosa pública. O la cantidad de miquitos superficiales y vanos que despliegan la mariconería a través de la tele induciendo a comportamientos estúpidos, consumistas, banales.
Vean si no a los carajitos JABU y a las mamitas blancas pelando el culo a cada rato.  Todas y todos patulecas y patulecos.   
Y es que uno de los peores enemigos de la revolución es la fraseología revolucionaria. Yo soy revolucionario porque soy marico -palabra que ahora es de uso reiterativo en los diálogos de gran cantidad de jóvenas y jóvenes de todos los sexos. Hombres y mujeres de todos los sexos. Cómo si eso fuera un problema de urgente resolución.
Déjense de vainas, está bien que todo ciudadano, del sexo que sea, como lo dice la Constitución, sea respetado. Pero otra cosa es que alguien sea un revolucionario y se haga llamar como tal por el solo hecho de ser gay o transformista.
¡Zape gato. En esa revolución yo no me anoto!

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